Una pregunta


Una pregunta, que creo que es la que desenmudecerá mi lírica, es para esclarecer la insoportable e indeleble duda que me anula y me ciega. He de aldabear el helado postigo de tu pecho, pues he de entreabrir esa densa pared que me impide penetrar en ti y, por supuesto, a la vez he de condescender mis amurallados sentimientos, esta ternura que permanece enjaulada tras los barrotes de mi corazón.

Sí, tan sólo pretendo deshospedar toda la necia indecisión que nos envuelve y, a cambio, erigir una realidad cristalina, como las aguas de  los deshielos, tan natural como un árbol y de ensueño, como los colores de las flores o el arcoíris. Creo que sé cómo lograrlo, de verdad, si camino feliz o, al menos, muy vivo, con infinidad de amables gestos y con un sinfín de palabras llanas, e incluso, cuando me retire a mis silenciosos adentros, educando cada uno de mis pensamientos para ceñirme a tus brazos, para admirar tu cuerpo y para desleírme en los océanos de tu boca.

Además, también sé a qué he de rehuir, pues no me resigno a poseer una tumba en vida. No quiero que mi alma se colme de rutina, de irrespirable silencio cuando permanezca despierto y, aún menos, de sucios rumores que gangrenen mi sangre. La monotonía, el compás de un corazón grisáceo termina por dilapidar en vida los latidos del pecho. Hay que liberarlo para brinque por los cauces de tus labios, para precipitarlo a través de los abismos de tus ojos.

Sé, que amar es compartir savia viva, esta esencia que jamás se avieja, es juntar nuestras bocas en un álveo de saliva, es mezclar la cálida brisa de nuestro aliento y es, en sí, residir bajo la diurna avidez de tus risueños ojos.

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