Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
El divino gourmet de la naturaleza
Elogio a ese divino gourmet de la naturaleza, pues ha logrado condensar tanto la nívea flor del almendro, el añil del éter y el cálido iris del Sol, como el insondable abismo de la noche, la toga de luceros del firmamento y la tímida carita de la desolada Luna. Sí, ha solidificado todos esos arrabales, que tanto he de albar, en una diminuta y blanca almendra.
La frondosa cabellera del árbol ameniza, este medio día, en mi humilde plato. Gracias, así es, gracias he de dar a esta pequeña semilla que aprecia el rubor de la aurora junto al morado velo que, poco a poco, se echa sobre todos los sueños. María, más que afortunado al poder cosechar todos esos claros del día, todo ese fabuloso montón de sueños que nos recoge en la noche y, sobre todo, al saber que una joya de Mujer cuida de esta fosforescente lírica que nace de un derroche incansable de latidos….
Hoy he comido pollo con salsa de almendras; por ello, esta simple alabanza a las almendras. Para mi amiga María. Besos.
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