Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Esperando y perseverando
Esperando y perseverando, aguardando un poco más de mi vida a que nazca el fulgor de una estrella, a que surja la claridad de la felicidad y, por fin, de esos renglones que me descubren tus dedos, nacen los bellísimos párrafos que humedecen mis ojos. Ya se derriten mis glaciales lágrimas con cada legión de letras y, con cada surco que escribes. María, tu cultivas, con tan exuberante sinceridad, todos estos los oasis que imaginan mis yemas.
Son las olas de tu pecho, las mismísimas mareas de pasión las que entresacan los irisados tonos de los corales, las silenciosas formas de las nebulosas y las balsámicas fragancias de las flores. Cuánta fantasía me describes, María, tanta que me envuelves entre unos velos que me aposentan entresueños y que me aleja de los extraños lugares de la rutina y la ansiedad.
María, yo tan sólo deseo dejar una estela inolvidable en esta vida, un estigma que, aun pase desapercibido para los demás, signifique una singularidad sobresaliente para nosotros dos. Encalar dibujos, esbozar líneas y combinar colores, aunque estos mueran entras las cegadoras sombras de nuestros pechos. Concebir paisajes de ficción, lugares ajenos y exóticos, lugares para los dos y para convivir felices entre los demás, con la familia y los amigos, espacios impecables adonde las olas de los océanos rompan contra los acantilados de la vida. María, Esos son los paisajes que tu reproduces, como murmullos de caracola, en mi pecho, Son en esos lugares donde están los latidos de la inabarcable mar que anega tu corazón y sólo son en esos espacios adonde irrumpen nuestros sentimientos contra los insondables precipicios de tantísimo amor.
Así, como un pañuelo de seda, he de volar por los inmarcesibles cielos de tu razón, tras los espejos de tus ojos y por los adentros de tu ser. He de buscar las desolladas hendiduras que ocasionaron los anteriores idilios, he de limpiar los restos de aquellas lágrimas y he de fertilizar tu enorme corazón con las palabras más ricas que jamás puedas soñar.
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