Arden mis ganas de escribir, una avidez irresistible de expresar pensamientos, un apetito decente, dulce y suave que se derrama sobre las hojas blancas de mi escritorio. Timbran mis latidos y el curso de la sangre fluye tempestuosamente hasta las balsas de papel. Un oasis con aguas de ensueño, que resbala risueña entre los retoños de color que cultivo en los insondables huertos del Corazón o que neciamente alegre desenfrena una duda, como “si has de velar por tu seguridad has de entender que una hermosa rosa puede lastimar que, aunque sus oloroso e ígneos pétalos merezcan respeto su tallo es tan engañoso que logra enojar”.
Mas, persisto en cultivar los huertos del pecho, pues quiero conseguir una rosaleda entibada con el Sol de los versos, abonada el heno húmedo del amanecer otoñal y oreada con una brisa que embelesa, que contiene el murmullo de las ramas y el oleaje del mar, que impele las velas de Sheherezade y mueve las aspas de los molinos de Cervantes. Me empeño como un campesino rústico que remite, con amor, todas sus semillas para la labranza del inabarcable corazón que ha de llenar de color purpura, del añil del lirio, de la encarnada intensidad de la amapola y de la nívea blancura del mirto.
El curso cristalino que desampara un beso que, por las acequias de los labios, baja hasta los prados del corazón. Efímeras gotas de amor que se desbordan de las lagunas de mi corazón y desembocan en la cristalina mar de una vida….

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