Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Me aquejo de ceñirme a este cuerpo
Me aquejo de ceñirme a este cuerpo y, es por ello, por lo que anhelo mis sueños. Así, mi espíritu, como si fuese una corriente, se dispersa a través del aire en forma de amor, consiguiendo alcanzar todas esas extensiones que deseo. Son mis vaporosas fantasías, ligeras ilusiones que resurgen de este corazón humano y que una y otra vez sobrepasan, sin menguar en cariño, los llanos de Cáceres, los arroyos del Salor y de Gribanzos, las Huertas de Magdalena y de Ánimas y, sin llegar a detenerse ni cesar de buscar, recoge los paños de esas dos consteladas cortinas que, desde Trujillo, deletrea mis sentimientos.
Soy un infatigable ruiseñor que revuela, tanto adormilado como despierto, por la diáfana frialdad que nos desmiembra el corazón; este es el único rumbo que venero. Voy hacia allá, a buscar la estrella que adoro, a por sus atrapados relámpagos y por su materializada e infinita flecha.
Mientras tanto, todo este corazón mío se sublima en halagos entre el oxígeno y el nitrógeno que ocupa el cielo, se deshace en etéreas adulaciones y, sin tomar una forma definida, extiende un huracán de amor que deshincha esta alma de poeta. Es esta inextinguible preocupación de que se desintegra mi efímero universo de versos sin lograr el amor de una mujer. Quién decide el sino de florecer en mí, quién me permite sentir su arcoíris, quién, sí, quién me deja cepillar su fino cabello, palpar la cálida sedosidad de su piel, apreciar el inimaginable abismo de sus ojos, la humedad sus labios, de sus hombros y de su vientre de vida; quién personifica su corazón en mi sueño de Amor….
Consumiré hasta la última chispa de mis esperanzas en que haya un día, que nuestros ojos y nuestros labios se estreguen al hechizo del Amor.
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