Hoy me he comprado un par de gafas, una de pasta azul-grisácea, a la que se le puede adosar una montura que la convierte en gafas de Sol, y otra, supuestamente de “regalo”, con una franja delgada y blanca que cruza por encima de los cristales… Ya estaba cansado de arrojar miradas con fugacidad, así, al menos, puedo intentar cautivar con mis prudentes ojos.
Además, estos dos círculos castaños que poseo, órbitas que para mí son sagradas, estaban cansadas de compartir el marco de mis ventanas con las ruines armaduras que llevo… En su tiempo fueron de Paco Rabanne, pero con tanto sudor salado del verano y tanto refregar para agudizar lo imposible, mi capacidad de ver, ya era inútil esforzarse para distinguir el modelo y aún menos para descifrar su estilo.
Supongo que ahora, con las nuevas gafas, se antepondrá la lágrima alegre a la lágrima gimiente y así, proseguida de los versos que releen estos ojos cansados, abrumaré la sonrisa de las flores con mi iris ambarino o desenredaré la nube hirsuta que ensombrece la luz en las praderas con el brillo de mi sensible retina.
Resulta paradójico, que la abierta alacena de nuestro pecho, este vivo espejo que magma todo los que somos, se emborrone con los años. Sí, de forma inconciencial, deja de recolectar la armonía exterior y se resigna a alar el irreductible riel que cruza nuestra vida. Con el tiempo los bosques dejan de entrar y, donde reía el chapoteo del río, ahora trinan mis íntimos pájaros a gritos, cantando a raudales lo que se le antoja al corazón.

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