Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Un desayuno
Voy corriendo a entibiar tu café, cogeré el tarro de miel y con una puntita de ese ámbar líquido lo endulzaré… Sí, confío que ya está en su punto… ya acaricia tus labios como si se tratase de mi propia piel. Qué más, una tostada de pan de leche dorada a fuego lento, para que cruja bien por dentro y lo irrigaré con un hilo de aceite verde virgen, de la manzanilla de Cáceres, de Jacoliva… y un pellizco de azúcar para mantener la agradable melosidad de tu saliva…, Mujer.
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