Me dices que si me hecho colonia… Pues claro que me pongo perfumes, me gusta tanto como me atrae el olor de las flores. Ese ambiente repleto de fragancias que enseguida se apropia de toda mi atención. Por ejemplo, al pasear entre la hierba verde y bien regada del toronjil o al pausar la respiración para embeber la emanación del heno húmedo o de la paja empapada con el relente tempranero; es una sensación tan peculiar y tan propia de una flor, de una especia o de una estación del año, que saber gozar de su existencia es similar a tener conciencia de una persona, de un ser extremadamente especial, es esencia que inspira amor.
Una vez aprendes a caminar, cuando aún no acopias nada del entorno, cuando tan sólo eres niño de pecho y sientes en la atmósfera esa diferente persuasión, que no es voz de una madre ni destello de una luz de color, sino la maleabilidad de una fragancia nos invade el sentimiento e incluso logra vencer toda voluntad. Es la persuasión del buen olor, del aire que toma nuestros pulmones, que nos llena, nos satura y no exige con obstinación el deseo de respirar profundamente, de mirar con curiosidad para saber de dónde viene o de probar con cuidado para entender por qué huele así de bien.
A veces un aroma lejano lo llevo tan presente, que de nuevo siento incontenible deseo de aislarme en esa parcela. Así la satisfacción de subir otra vez a las Cinco Lagunas de Gredos, es para recoger ramitas de romero, o el placer de sumergirme de nuevo entre la maleza de Monfragüe, entre el cantueso y la jara pringosa o la complacencia de matinal, o de salir de casa y sentir exagerado arropo de la hierba recién brotada.
Así, María del Carmen, cuando paseé contigo mi cuerpo emanará Solo Loewe, es una esencia que no es de mí mismo, mas yo elegí esta fragancia con el corazón, con algo de cariño y así, pretendo que cuando sientas a tu alrededor este imperecedero perfume me recuerdes con Amor.

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