Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Sospechar el don de la verdad
Está cayendo la tarde y tendré que salir para recolectar lirismos para mis textos... Aunque ya atesoro bastantes, he de ir a reunir más prestada delicadeza y juntarla en las alforjas que penden de mi cuerpo... Sé que soy terco y, es por ello, por lo que brego como mula que se aviene a las manos del amo por unas pocas de uvas arrugadas y, como calderilla, puede acopiar todos sus secos palos....
Ya llega el reloj a las doce, te apoyo sobre la baranda de mis brazos y veo que nuestros cuerpos no hacen sombra. Crees que es hora de sosegarnos, los copos de mis ventanas ya no se derriten y apenas hace calor. La colcha blanca de los cirros se ha plegado como una colcha que descubre todo el cielo raso del firmamento.
Deseas salir a pasear, me acompañas por los alrededores del museo Vostell, a través del embrujo de los bolos graníticos. Quizás conquistemos una isla ahíta del grillar de grillos y bajo la gema ambarina de tu mirada perfilemos la sombra que hacen nuestros cuerpos sobre la tierra de suelo. Sabes que te concedería, con mucho gusto, la baranda de mis brazos para que aliviar tu corazón partido en el balcón de mi pecho....
Paciencia y dar las gracias por este temporal que se nos entrega en la vida. Sospechar del don de la verdad y enmudecer mi alma con la voz encarcelada de una sirena propia.
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