Quédate ahí en el sofá





Quédate ahí en el sofá, con tu costurero y tu punto de cruz, que yo retiraré la mesa antes de ir a trabajar… Toma las gafas de cerca y si quieres algo de música o te apetece algo de beber sugiéremelo, que sabes que te lo serviré con excesiva cortesía.

Mientras permaneces echada te hablaré de esta inclinación de afecto que me ha vuelto a poseer. Inclinación más intensa que esa violenta sensación de la mar cuando se tiñe de rojo con la puesta Sol. Afecto más delicado que la dulce emoción que siento cuando una frágil flor me ofrece todo su primor y me entrega su perfume sin exigir nada a cambio. Sí, María del Carmen, una inclinación de afecto más evidente que la exaltación viva de ver el primer llanto de un hijo recién nacido.

Este insomnio del corazón ha surgido de inmediato y es tan inminente que cada vez lo siento más puro. He de reconocer que se asemeja a una enfermedad de locura y que decisivamente, tú, María del Carmen, has alterado mi vida. Si, aquí, hasta tu gatito lo siento hermoso pues en su mirada encubre los cariños que tú, Amor, le has dado; y no cabe la menor duda que este cajón donde guardas tus cubiertos o ese donde colocas las especias entraña la clave de tu delicadeza…. Así, mi Niña, dos galletas me dicen más que un libro de versos y así, Dulce mía, un ratito con tu punto de cruz me tranquiliza más que la valeriana más intensa….

Cariño, ya te he recogido los platos y con mi tinta he charlado un ratito. Déjame tus labios para que los bese con sigilo y, si duermes, colocas las cosas aquí, en tu costurero…, volveré pronto, he de ir a trabajar.

GRACIAS AMOR.

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