Bajo el tenue declive de la claridad
del plenilunio, en la sutil oscuridad
de pubs de los antiguos intramuros,
de juderías, morerías y de arrabales
insolentes del corazón de la ciudad.
Una hebra sedosa tras lenticulares,
un ademán osado, bello y claroscuro,
propio de una lejanía o de una edad
pitusa que no anda a la caza del cuerpo,
sino busca cariño que prenda un ensueño
recibido con limpio deleite de sentimiento.
Así, renace a flor de piel tan risueño
aliento, al afirmar ¡Qué guapa estás!.
Así, con la virtud de hombro desnudo,
con la insondable mirada de loca doncella
ávida de amor, de atrevido seno adulto
y de flequillo recién ondulado; mi sedicioso
deseo, trenzarme entre los brazos de ella,
con la infinita y romántica musicalidad,
dos torsos asidos en cumplidos hermosos.
Cubierto por el leve velo de la luz de la Luna
y ebrio de tu ribera de lágrimas derretidas,
caligrafío, en cada una de las íntimas esquinas
de este árido pecho, un desequilibrio de rimas
para cultivar un empíreo que junte lagunas
con tréboles de arcoíris; así te lanzo mi espina
de lluvia mortal para irrigar la piel de la vida
con la suerte de asentir un canto de amor,
para enarbolar sino de júbilo en tu corazón.
Me obsesionaré en consagrar
esta singular forma de amar.
Una oleada lírica, un candor
delirante para un solo corazón.
Me obsesionaré en consagrar
esta singular forma de amar.
Una oleada lírica, un candor
delirante para un solo corazón.
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