Cuando el profesor se queda corto que hacer se vanagloria



Describe, de forma muy entrañable, esos clásicos griegos y latinos y, en concreto, ese libro que añora desde hace medio siglo.

También evoca a un profesor sabio y paciente, a la profesora de bellas grebas, ¿metálicas?, y a un hermano marista. Piensa en aquel amigo que abarloa junto a naves negras, un profesor que nos advierte de que -la juventud actual ya no tiene ni la más remota idea de lo que es la cultura clásica-; la noche negra nos rodea con su envolvente sombra.

Después de tan buena introducción, de elegir tan elocuentes palabras y de delinear impecablemente un horizonte en el piélago de la mar helénica, en el ponto de la Ilíada, lo destroza todo con su cabal objetividad. Supongo que este escritor posee plúmbeos pies y que éstos están bien hundidos en el “Seudo Moderno” firme de la actualidad; con el D. Pesoe y D. Pepé. Un simple redactor que no idealiza dioses homéricos, que no nos revelará ni una hidalga aventura ni una odisea y que, tan sólo, regurgitará frases bien entrecomilladas.



Supongo que un joven en la era helénicas soñaba con las epopeyas de Ulises y en la época medieval con las aventuras Cid Campeador o, quizás, con la gazuza por esas migas que caen del Lazarillo de Tormes.

En la actualidad, con lo que ha avanzado la ciencia y con la desproporcionada tecnología que abarca todos los rincones del mundo, dónde vamos a soñar. Ya logran películas tan reales que no hace falta descubrir otros mundos, los hemos conquistado con la Guerra de las Galaxias, y no hace falta buscar paisajes fantásticos, están ahí, en el Señor de los Anillos. En fin, tendremos que estudiar las ciencias, para botar esa nave que se introduzca en el agujero de gusanos y salve al mundo de su propio exterminio, Interestelar.

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