Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Mi hermana me propuso jugar a los asesinos
-Mi hermana me propuso jugar a los asesinos-, aún recuerdo la expresión de su mejilla y el ruego de sus palabras. Pensé que ese semblante sortearía mi piel como una fiebre efímera, mas no fue así y a fuego se grabó sin compasión en mi hondo sentir de hermano; una mácula perenne.
Ella, más mayor que yo, se reía siempre y me gritaba: -¡corre Forrest, corre…!-. Otras veces se condolía con las lágrimas que resbalan por la ventana y me aseguraba que era Jenny.
En su temprana pubertad cambió de carácter, tanto que Papa la gritaba: ¡-te ha adoctrinado un terrorista-¡…. Ella no le soportaba, siempre le rehuía e incluso, me atrevía a asegurar, que odiaba su cariñosa mano.
Hoy, que ya marchó en paz, reconozco aquel pesar de mi Jenny y tengo pesadillas. Supongo que hubo una noche oscura en la que la lóbrega envolvente del progenitor cubrió su cuerpecillo….
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