Podría decir que ha llovido desde aquella tarde estival, mas no es el caso en estas áridas tierras de Extremadura, tan sólo durante una mañana han caído unas escasas gotas. Yo prosigo aquí, como un peón de paso indeciso, una humilde ficha que se mueve por el ajedrez de la vida, que meditabundo salta de recuadro blanco a recuadro negro, que agota su paciencia en la séptima casilla de la semana y que, a priori, se ubica cada lunes en la segunda fila para el desafío de otra mano. Este es mi oponente, la terca rutina de cada jornada o la redundancia diaria; este hastío desbarata toda mi estrategia e incluso llega a agostar mi limitada osadía.
Pese a que siempre ande entre las mimas fichas y aunque sea un peón más entre otros tantos de rivales, constantemente encaramo mis cejas deseando conmover, con un ademán decisivo, a la Dama del tablero. Trato de pasar desapercibido, pero, por otro lado, procuro ser un peón atento y sensible, mas, sobre todo, no pretendo rayar el pulido tablero con una conducta impasible, o con una táctica que reabsorba toda libertad de movimiento. Como el hábil aprendiz que me considero, tan sólo deseo atraer, con mi singular estilo, la atención de una marfileña Reina.
Es evidente la claridad de mis movimientos, la entereza de las yemas de mis dedos y es, por ello, por lo que cada vez que posiciono mi peón ajedrecista aluzo, a sabidas cuentas, de que con mi corazón rindo el amparo más noble: Un Jaque de Amor, que es el único lance que se tienes que hacer valer en el tablero de esta vida.
Así es, una alegría que rompe con lágrimas de hilaridad, una amistad de naturaleza fraternal, un cariño ilimitado, una lealtad que se suma como latido al corazón…. No engendrar rivalidad alguna, sino equilibrar esta vida, a veces blanca y en ocasiones negra, en íntimas tablas de pasión.
Mas he de reiterar de que soy Peón, y es por ello, por lo que huyo acobardado si una torre, o un apuesto alfil con distinguido caballo, coquetea con la Dama elegida. Un Peón abolido a una esquina del tablero.

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