Así, y ya sin identidad propia, aprenderé todo lo que me solicites y seré, no tal como me ves, sino la absoluta bondad para tus caprichos, deseos y pasiones. Nunca seré una compresión ajena dentro de tu vida, ni una nulidad que sólo se entretiene escribir. Más bien, mi Amor, seré tu particular genio en frasco pequeño que, si lo frota, surgirá hechicero esperanzando a cumplir todos los deseos de tu vida, Mari Ángeles.
De este modo, y cuando tú, mi Vida, me lo consientas, me sentaré en la sombra del despacho y pulsaré la perilla que enciende la confortable luz de tu pecho. Ahí, Amor mío, pasaré horas y horas, cosechando todo lo que tú eres... abriré todos los libros que llenan los estantes de tu corazón, y los deletrearé coma a coma cada palabra de tu alma, y todos eso álbumes de postal que se reflejaron en el iris de tus ojos, álbumes que contemplaré con mimo, analizando color, estudiando perfil.
Sí, Amada mía, como un Cervantes loco de amor, agotaré mi pluma en los escritorios de tu corazón. Retiraré las escasas partículas que impiden reflejos de tan femenina luz y cepillaré sin descanso esas máculas que algún vil dejó en las albas hojas de tus sueños...
Así, este testarudo caballero cabalgará por el fascinante viaje de tu vida. Tomará el mágico itinerario de conversar contigo, de escribirte cartas inolvidables, de alegrarte con contantes retintines de gestos, de regalar anaqueles bajados del mismísimo cielo, de servirte el desayuno en plateada bandeja de agua mansa y con azúcar de Luna llena, de descalzar tus dulces pies y limpiar a besos tu fatiga... y de indagar en cada recoveco de tu corazón esas gemas de hilaridad que, si la estimulas, brotan en inmaculadas lágrimas de felicidad...

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