Esta mañana



Esta mañana, algo tarde, a eso de la nueve y media, salí a pasear por los Barruecos. Iba contigo, te acompañaba a la sombra, por las frescas veredas de mi pecho y sabía que ya estabas allí, que la desesperación del vuelo ya es una lindísima experiencia que deseas contar y que ese gélido don de Suiza y su quebrada y entrenublada línea de montañas ya conmovían tu magnífico corazón.

Me acompañaba, también, mi José, que por cierto me costó trabajo levantarle, y Lunares, que siempre está dispuesto. Bajo las copas de los árboles se estaba bien pero el resto de los caminos era un pozo sofocante. Aun así, el Sol se exhibía clemente pues, aunque irradiara con enérgico encendimiento también disipaba algo de ardentía con la ayuda de un ligero airecillo. Tú, mi Amor, seguro que al bajar te cubriste los brazos con unas finas mangas….

Al entrar en el camino de al lado de casa, Lunares vio a Romeo, un perro amigo. Es curioso cómo saluda a sus amigos canes, encoge sus patitas y se arrastra por el suelo hasta llegar a su lado. Hace un guiño muy peculiar, ni les ladra ni les hace falsos aspavientos. Todo lo contrario, se empequeñece humilde y repta a escasa altura hasta que se funde con alegre nerviosismo, en ese preciso instante se alzan juguetón y, como una bala, echa carreras por la era. Es extraordinario, … cuánto tenemos que aprender de los animales.

Creo, Cariño, que te gustan los animales y, por tu inquebrantable independencia y tu fabulosa personalidad, supongo que usufructúas una Alma mucho más Felina que canina…. Tu estar entre las amigas, en la calle, en el trabajo y en el hogar pienso que ha de ser …, ¡¡¡¡¡mmmm!!!!! un delirio, un éxtasis de pura independencia y seguro que un día, entre tanta poesía, me vas a chillar “¡¡¡¡déjame ser yo misma, con esto me bata y me sobra!!! y no es porque te resulte pesado, sino porque ese día te despertaste así. Yo, sumamente flemático, no diré ni mu, pues sé que tú, mi Amor felino, eres firme, extrovertida y posees metas y opiniones irrompibles…. Si me equivoco, acepto una retahíla de copones…, sí, mi Amor, -para que sea siempre Túúúú Misma-, así de encantadora y peculiar.

Continúo, … Romeo es un bóxer corpulento, pardo y muy, muy bruto. Goza de un lomo que parece un banco de parque y, por esas singularidades, da miedo cuando corre pues, un mal encuentro y es capaz de derribarte. Además, resuella como tuviese las amígdalas acartonada y, por último, es demasiado torpe, y he de decir que no le he insultado pues su dueño lo reconoce e incluso me lo justifica con que ¡no sabe nadar! …, es una deshonra, una retorcida curva entre la raza de los perros. ¿Imaginas un gato que no supiese trepar?. Aun así, aunque sea una locomotora, también es una miga de pan.

Pronto dejamos atrás a Romeo y continuamos, sin entoldamiento de frondosas ramas, por el camino que lleva hasta la ermita de Malpartida. A final de éste, hay un corto trecho exuberante y oloroso, repletos de eucaliptos de vértigo…. El aroma mentolado de los árboles se encaja tan bien que enseguida se erige por mis adentros una vasta necesidad de inspirar campechanamente; es darse un baño de mismísima Vida en la vida. ¡Oooooh! que pena de no ser aire, o preferiblemente un Dios del viento, un Eolo que fuese capaz de retener todos los aromas de hoy, los bálsamos de los eucaliptos y del toronjil y crear una brisa dulce que devane a tu alrededor un remolino de Vida en tu vida; … ya que tendría que atravesar Europa y que poseería un odre vacío, sé de un edén donde debe de haber perfume de locura, lo aproximaría como pico de colibrí, con sumo cuidado, y recogería de tu piel esa engatusadora esencia y, el resto, lo llenaría de tu perfume para saber que frasco te he regalar…

Antes de llegar a la ermita giramos hacia los Barruecos. No me canso de este parque natural, las formas de sus domos y su misterioso fondo, una multitud de bolos, me traspasa un embrujo tan fantástico que me remansa un poso de paz a los pies de la ladera del Amor que tú, mi Flor de la Nieve, gestas en mi pecho.

Las rocas, en su simples estado granítico y aguardando a que regresen las lluvias para recubrirse de húmedo musgo, son colosales crisálidas de paz y, aunque su obesa figura no esté ovillada en seda, ahogan en su milenaria longevidad la locura de inmortales pensamientos y exaltan en su mullida superficie el aliento de cientos de corazones como el tuyo, Mari Ángeles, y de venturos sueños de Amor como el mío, Cariño, que algún día -serán lo que deba de ser-.

Entre todos los caminos de los barruecos, existe una vereda que discurre por la parte de atrás de la charcha del Barrueco de Abajo y que va a para al arroyo de Tocón. Se guarece con una entrada estrecha y, al final, disfruta de una vista ejemplar, vista que sobrepasa la presa del lavadero. Así es, cuando cae la tarde, este muro no detiene mi mirada, sino es el cielo crepuscular el que me domina con su vértigo de hemisferio desnudo y que, además, aluza con rubor el espejo de la charca… Aquí, Cariño, podríamos construir una casita, con un porche hacia ese intenso don de color o, en el caso de que no nos dejen, valdría con cientos de tardes joviales, con torrentes de lágrimas de nuestra contagiosa risa y con los talismanes de amorosas tardes que se funden entre besos y caricias bajo las apasionadas cortinas de los ocasos… (Disculpa, mi Vida, aún no poseo el consentimiento de tu corazón para que el amor nos acaricie al juntar nuestros cuerpos).

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