Caperucita nunca imaginó que el lobo la protegería con su mano.
Ella imaginaba que iba sola y que los sensatos pareceres que ululaba el lobo iban destinados a las indefensas ovejas. Pero este día, el lobo dijo:
[…] Lobo.- Mi Caperucita he de volar contigo, quiero que las alas no te inquieten pues, cundo surque los espaciosos cielos europeos mi corazón perseguirá tu vasto Pecho, Bosque donde anidan mis verso -.
Ella, algo confusa por su ulular e intranquila por temor al levantar el vuelo, replicaba.
[…] Caperucita.- No me repitas tus tonterías de siempre, ya sabes que mi valor es grande, más amplio que mi orgullo, y no soy tan estúpido como tú… -.
El lobo, agachaba las orejas y metía el rabo entre sus patas traseras, pero, incluso desconcertado, volvía a alzar su penetrante mirada y su húmedo hocico y, desesperadamente, ululaba de nuevo.
[…] Lobo.- Lo siento, nunca desee embarazosa pasión, tan sólo pretendía apaciguar tu frente. No obstante, mi Caperucita, asiste mi tendida patita y juega con ella .-
Caperucita, sin darse cuenta, pues hubiese dudado asir su patita, la cogió para sí y al emprender el vuelo a lomos del pájaro de acero la apretó sin intención de hacer daño. Al instante se inclinó el pulido torso del ave y, como una pasajera más entre sus plumas, vio que la tierra se empequeñecía, que los árboles ya eran motas y los ríos simples trazos de bolígrafo azul.
No articulaba palabra y confusa, desconocía si respiraba, si purgaba la alarma de su alma con estridente grito. Ni si quiera atendía a lo que sucedía a su alrededor.
El lobo, paralizaba sus ganas de aullar e incluso su pardo pelaje se amorataba…, pues Caperucita había anulado sus cuatro sentidos, tan sólo su agitada mirada perfilaba la ancha curva del horizonte y, sin darse cuenta, escurría hasta la última gota de sangre de la patita del lobo.
El lobo, sin irritarse por su maltrecha patita decía:
[…] Lobo.- Ya está, ya emprendiste el vuelo hacia los bosques de Suiza. Yo, mi Amor, subiré a lomo del cóndor de los Alpes y regresaré al escritorio de tu pecho, a anticipar mis versos para cuando regreses a casa continúes entre flores de Edelweiss de los Alpes, entre tus pétalos de Nobleza Blanca. Pues yo, Caperucita, no debo ni deseo obnubilar tu libertad ni Suiza, ni en lugar alguno -.
El lobo, lamió con tanta delicadeza su mejilla, que Caperucita supuso que el ala de una mariposa había rozado la cara, después saltó al vacío de amor, a caligrafiar aromas de Edelweiss y caminar solo, por un Bosque que cada día resulta más que encantador y más, más hermoso.
Él, el lobo, anhelaba los deseos del pecho y de la cintura de Caperucita e invocaba, a la Luna llena, que apresara una Mirada tierna para su pupila, que paralizara sus dulces Labios para su sensible ulular y que cautivara su libre Corazón para el abierto pecho del amor…


No hay comentarios:
Publicar un comentario