Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Pulimentando la piel de sus pies
Como si fuese un niño débil e ingenuo, sin ser capaz de contener las lágrimas frente a sus pies, aparté lentamente sus sandalias, dejando su desnuda y reluciente lámina de vidrio sobre mi muslo. Entré mi mano en el aguamanil y con una calma extrema saqué un poco de agua, para derramarla sobre su pie, repetí varias veces ese maquillaje cristalino, hasta que todas las manchas de limo se escurrieron hasta el suelo.
Sin que bajase su pie, hice lo mismo con la sandalia. La sostuve en mi mano izquierda y la lavé con la impecable linfa que se infiltraba hasta la jofaina, hasta que la planta de la sandalia quedó tan blanca y brillante como la plata.
Una vez maquillada su lactescente piel y lavada la nívea planta de la sandalia, con modesta osadía le calcé la suela de la sandalia, engastando un arillo de cuero dorado en su exquisito pulgar y el suave talón de cuero tras su delgado y estilizado tarso.
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