Sé que la gente ve mi vida como deprimente, sé que se explayan con la vulgar frase de “de que la vida es para disfrutarla” y que de ese modo tan sencillo dan solución a su monótona forma de vivir. Mas no se dan cuenta de que yo no padezco pobreza, sino todo lo contrario, me regocijo con el aluvión de riquezas que me entrega la Tierra y que me ayudan a completar mis poemas de amor. Sí, los insignificantes y campechanos regalos de la naturaleza son mi inspiración. Así me entretengo deshojando la hierba de los pradales o la hiedra de las piedras, para coquetear con el corazón de nuestra madre Tierra; me deleito descubriendo la camaradería de los álamos y la paciencia de los cedros, acaso porque enraízan en su enorme corazón; o me ruborizo con las miradas de los gorriatos, los jilgueros o los pinzones, esos que conformándose con minúsculas semillas, mantienen hermosos su plumajes y nos agradan con sus espectaculares trinos; o me alborozo con el ímpetu de las aguas, bien cuando se precipitan sobre los cristales de mi casa, bien cuando recubren de alhajas los campos o bien cuando resbalan abriendo regatos por la parda piel mi madre, haciendo sus propios caminos. Incluso el más mínimo detalle tilda mis sentidos, así la etérea partícula de polvo que fulge como estrellas al trasluz o la ingrávida estrella en la noche que brilla como partícula de polvo en el insondable vacío del firmamento, todo el contenido del orbe me ayuda, todo me vale para encadenar mis versos. Bien sea para hacer rimas cruzadas o alternas, bien sea para hilvanar rimas asonantes o consonantes que horadan en el tiempo y taladran mi pecho, cuanto veo y cuanto escojo es un desdén vespertino para rematar mis caminos y así, Lorena, en mi escondida cuna atesoro todo el oro que me concede la vida.

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