Mi Edelweiss, sólo con tu lactescente hermosura invalidas la vasta lírica de este humilde corazón. Tu savia omnisciente y la dulce miel de tu inmarcesible estigma, obnubilan los cristalinos versos de mis ojos. Un hontanar poético que únicamente puede surgir de las níveas virtudes de mí Montaña, rabiones inestimables que se avienen a embalsar en mi insondable pecho.
Vocecillas
Debes de darle las gracias a Alai, por comunicarse conmigo en sueños. Por dejar ese sendero, aún corto, que se entrecruza con mi camino durante la noche.
He intentado reordenar las semillitas que Alai echó durante mis frecuentes desvelos, para que agarrasen en el sustrato de mi corazón y al amanecer floreciesen en una merecida felicitación para su madre.
Creo que, aun dormido, la he oído bien; y la seguiré escuchado con prolija atención. Son vocecillas en el remoto lugar que compartimos cuando tenemos los ojos cerrados, cuando el mundo calla y los sueños vuelan como susurros entre las estrellas, conversaciones a corazón abierto.
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